miércoles, 7 de enero de 2009

Este es para Plauli

Estamos atravesando los diez días mas fríos de Hyères… el sol mediterráneo toma sus vacaciones de la “Provence”. El cielo se ha puesto gris, hay un viento glacial. El mismo viento que mueve las hojas que el Santiago mira tan atento, con tanta dedicación.
Hace frio y cerca de acá está nevando, algo no usual. “Desde hace algún tiempo ningún invierno es igual a otro, la verdad ninguna estación igual a otra” me dice una señora en el mercado. Pareciera que las estaciones son como márgenes dentro de los que uno se mueve, pero el tiempo hace lo que quiere. Será ahora ultimo? Pienso que siempre ha sido así.
El Santiago mira asombrado por la ventana la majestad del invierno. Los truenos que hacen vibrar toda esta casa, no lo sorprenden demasiado, pero a veces yo siento que tiene frio, debe ser que yo si tengo. Cuando paso cerca de él, estira los brazos. Tal vez alguna parte de su cabeza descubre que si hace más frio, tengo más ganas de abrazarlo.
Las hojas de la terraza partieron todas. “La naturaleza está bien hecha” dicen acá y es cierto, como esas hojas se fueron cuando hay sol, se siente directo en toda la casa, estas hojas ya no lo filtran.
Aunque los días no son muy alentadores, el Santiago exige, al menos una vez al día, un paseo. A veces digo: donde podemos ir? Porque siento que no hay muchas posibilidades. Pienso en el centro histórico, pero luego me digo que es muy pequeño, que ya hemos ido tantas veces, pero helas! que cada vez que dirigimos hacia allá nuestros pasos todo esta distinto, siempre hay pequeñas callejuelas que no habíamos visto, siempre otros caminos pequeñitos, estrechos, llenos de olivos, limones, naranjos, flores mediterráneas y gatos gordos indiferentes que nos llevan al castillo que está en lo alto de la colina.
Caminamos, el Santiago dentro del portabebés, y yo, los dos con gorros, guantes y bufanda. Las mejillas y narices rojas porque corre un viento helado. Pasamos las calles, todas sinuosas, empedradas, acolinadas, con casas de ventanas pequeñitas a cada lado, y vamos pasando: la calle del Paraíso, la calle del Reposo, la calle de los pozos de San Pedro, la calle del Viejo Cementerio, la calle de Los Príncipes, la calle del Horno Cauvin, todas bajo los faroles encendidos a partir de las cinco y media de la tarde. De lo alto se ven las primeras luces de la ciudad, mirando hacia el mar una tímida franja roja nos recuerda que el sol hizo su recorrido diario, aunque para nosotros haya sido imperceptible bajo la densa bruma de estos días grises.
De pronto el silencio es tanto que casi podemos escucharlo, el Santiago me mira fijo a los ojos, y cuando los míos encuentran los suyos el sonríe y sigue mirando las casas…
Cuando volvemos a casa, el Santiago se queda un rato en su colchón descasando, pero estos días quiere volver a estar en brazos pronto.
Su Papá dice que está muy regalón, que tal vez demasiado, y que nuestras prácticas regalonas solo agudizan esta situación. Nosotros decimos que la regalonería no se pasa o se agudiza, solo es.
No podría hacerlo de otra forma por ahora (creo que su Papá tampoco) porque cuando vas pasando por la casa y las cosas están desordenadas, la ropa sin planchar, hay que cocinar, salir a hacer tramites, terminar una tesis, secar la casa húmeda, retomar otro trabajo, responder correos de profesores que te piden resultados y te das cuenta que todo eso en casi seis meses donde has podido estar cerca de tu hijo todos los días, seis meses cansadores, pero que cuando miras lo alto cuando vas a comprar pan y se ve el castillo del señor feudal de hace 600 años, cuando caminas un poco y en el horizonte se ve el mar mediterráneo, cuando el centro viejo juega contigo cambiando la posición de las calles, de pronto dices que no importa ese caos, que es temporal, como todo en esta vida. Que todo dura solo un ratito, entonces por ahora me pasa que este ratito así como ha sido, me gusta y no le cambiaria nada…
El domingo el Santiago cumplirá seis meses desde que dejo mi guata tibia. Y seis meses después se encuentra afuera viendo pasar por la ventana un fuerte invierno…y después no será una primavera, sino otro invierno, pero uno diferente, otro con Los Andes de fondo, en medio de una ciudad de seis millones de habitantes, sin el castillo del señor feudal, sin el mar, pero con otras cosas que descubrirá por la ventana, pero también del otro lado. Yo solo quiero estar con él y con su Papá para también descubrir ese momento.
Deseo hermana mía que cada momento de esta vida encienda tu luz, luz para descubrir, luz que deja ver el momento presente y nos sorprende en la certeza de estar vivos y por lo tanto, tomar a cada momento ese riesgo. Luz que se mezcla con incertezas, con inseguridades, luz que deja ver lugares sin luz, luz que va y que viene, te hablo de esta luz única… la luz interior… la vela que enciende la alegría de tu corazón… que esa no se apague nunca.
Todos te queremos y te pensamos mucho acá a ti y a cada uno de los que forman tu familia.

Desde el lugar más “soleado” de Francia, G, J y S.



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